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El carácter de sólido
del objeto escultórico lo vincula a la sensación del espacio. El volumen es
un espacio ocupado, pero lo que perciben los ojos es un envolvimiento de
dicho espacio, es decir, la forma, y a través de esta superficie-forma
se produce la sensación de espacio ocupado (el volumen). En la forma se dan
cita elementos como el color y la textura, que son los ingredientes materiales
de la superficie.
La constitución del volumen se ejercita de muy
distintas maneras. Hay un volumen rotundo, de núcleo cerrado, que presenta el
aspecto de un cuerpo geométrico, de superficies planas o curvas. La historia de
la escultura ofrece numerosos ejemplos de ambos tipos de superficie. La
escultura del siglo XX desarrolla programas geométricos que han sido ya
explorados en todas las culturas del pasado. La misma realidad biológica del
hombre indica que su cuerpo es un juego de volúmenes sencillos, cuales la
esfera, el cubo y el cilindro. Los dibujos egipcios, los estudios de Durero y
las modernas teorías de Cézanne acreditan esta realidad. Escultores del siglo
XX, como Ferrant, han obtenido excelentes resultados articulando volúmenes geométricos.
Pero la preocupación de la escultura puede extenderse
a lo que hay dentro. El arte no termina en la realidad visual. Los hombres
poseen una interioridad activa, y cuando se ve, a la vez se piensa. Hay un
espacio interior y, por consiguiente, también un volumen y unas formas. La
escultura del siglo XX tiene muy presente este volumen interno.
Esto lleva a fragmentar y cuartear el volumen exterior
para penetrar en sus entresijos. Tal vez sea una consecuencia de la ciencia
actual, que todo lo investiga. La escultura cubista y la orgánica ofrecen
importantes realizaciones en esta conquista del volumen interior, como lo
demuestran las obras de Pablo Gargallo y Henry Moore. Lo admirable es que no hay
ruptura entre un espacio y otro, sino continuidad.
Los volúmenes configurados con planos rígidos
están relacionados con la arquitectura. Hay esculturas que se acoplan a la
forma de un pilar, o acumulan cuerpos como si tratara de un ensamblaje de
perfiles, frisos y basas, en los cual puede entreverse un modelo antropomórfico:
pies (basa), tronco (pilar) y cabeza (ábaco). En la escultura prehispánica
americana, esta forma arquitectónica con volúmenes planos rígidos aparece a
menudo.
Los volúmenes de superficies curvas, generalmente
convexas son más corrientes, acaso porque están más cerca de la realidad
corporal del hombre. La obesidad o esteatopigia ya está presente en las
primeras manifestaciones escultóricas de la humanidad y determinan en gran
manera el tratamiento del volumen. Se eliminan las arrugas y se combinan
graciosamente las curvas en movimientos de torsión. La luz bate sobre las
superficies, sin posibilidad de producir sombras. Todo el encanto de la
escultura del Indostán reside en esta definición del volumen redondeado, estático
(escultura budista) o dinámico (escultura brahmántica).
La contemplación del volumen y el recreo en las
superficies invitan al tacto. La vista no es suficiente para juzgar si la
forma es blanda o tersa, cualidades que nada tienen de accidental. La tersura
interviene en obras que apuntan a la eternidad y la permanencia, como las del
arte egipcio, con personajes arquetípicos de lozanía perenne. Pero cuando
deseamos expresar la realidad humana, vemos que la base corporal del hombre -la
carne- se caracteriza por su blandura. Si lo terso aleja, lo blando aproxima.
Lo terso induce suaves caricias y lo blando incita a la presión. Hasta que los
dedos no se hunden en la materia no se obtiene la complacencia. La escultura ha
deparado notables conquistas en la producción de efectos de morbidez, con un
arte dirigido a la sensualidad. En el naturalismo de Praxiteles y de Bernini la
superficie adquiere una notable exquisitez gracias al pulido moderado, que
consigue una delicada matización de luz y sombra.
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