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La figura humana
normalmente está cubierta con vestidos que corresponden a modas históricas y
permiten explotar un elemento de gran plasticidad: los pliegues. El
estudio del vestido en la escultura está vinculado con las necesidades estilísticas
de cada época. La ropa acentúa o debilita la imagen, se identifica o se
independiza de ella. Los pliegues tienen por otro lado mucho que ver con el
programa lumínico, ya que en ellos se concentran los salientes principales.
El vestido puede ser histórico o convencional, es
decir, una creación estilística, y constituye también un meditado artificio
para mantener el equilibrio de la figura. El vaso de los perfumes y la túnica
son el soporte de las Venus de la Antigüedad. En muchas esculturas barrocas, el
cortinaje sujeta las figuras, y en el relieve son usuales los fondos de tela.
El vestido puede ocultar o manifestar el cuerpo.
La estatutaria del siglo XV crea un tumulto de telas para dinamizar la figura.
Se usan en estos casos grandes masas de pocos pliegues, con fuerte claroscuro, y
vestido y personajes mantienen su autonomía. Producen una sensación de gran
peso, como ropa de abrigo que cubre todo el cuerpo. El escultor se concentra en
la cabeza y las manos: lo demás es confiado al vestuario.
Pero cuando, por el contrario, lo que interesa es la
figura humana, todo vestido que se aplique habrá de transparentar las formas.
De ahí que se haya acudido a los llamados paños mojados, en que vestido
y cuerpo se identifican. La tela es fina y ligera, expresión de levedad, los
pliegues son lineales, meras incisiones, estilizados. Hay transparencias
totales, como en muchas representaciones de Buda, y semitransparencias, que
revelan solamente algunas partes del cuerpo, como en las esculturas de Fidias.
Los vestidos convencionales son pura estilización que
envuelve el cuerpo con un grafismo de pliegues en líneas paralelas, concéntricas,
onduladas o en zigzag, que en nada se asemejan al movimiento real. La
estatutaria griega arcaica y la románica se han servido de estas disposiciones,
cuya función es decorativa y confiere especial dignidad a la figura. Es una
manera de separarse de la realidad cotidiana.
Los pliegues también obedecen a los planteamientos
arquitectónicos a que está sometida la figura. La estatua griega está
vinculada al edificio, y por eso ciertas figuras se cubren con pliegues que corresponden
a las acanaladuras de las columnas. Esto es bien visible en la Hera de
Samos y en el Auriga de Delfos. La ley de adaptación al marco es por
tanto una exigencia impuesta por la arquitectura.
En el arte barroco, en cambio, la escultura se
independiza. Las figuras presentan ropajes agitados por el viento, paños
que se mueven hacia los lados, ondulándose como una bandera. Se trata del paño
«volante», de las formas «que vuelan», típicas del Barroco.
Las telas y los pliegues son por tanto susceptibles de
ser clasificados por estilos. Los pliegues se distinguen por su forma, tamaño y
profundidad y son el elemento más significativo en el estudio «formal» de la
escultura. Cada época y cada maestro tienen sus pliegues característicos: los
ondulantes y cortantes de Bernini son inconfundibles, igual que los angulosos y
quebrados de Gregorio Fernández. El estilo románico se puede analizar según
escuelas de pliegues.
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