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La escultura es una
realidad plástica que posee a la vez un contenido mental. Una gran parte de
las esculturas de nuestra época es expresión del poder puramente imaginativo
del artista del «arte por el arte». Pero en la perspectiva histórica lo
habitual es que la escultura nazca de un encargo, de una persona o entidad, y
con la intención de incidir ideológicamente sobre el público con un tema
determinado. Conocer los temas de las obras contribuye necesariamente a
esclarecer la esencia de la escultura. Lo cual quiere decir que si valiéndose
de principios generales como los ya expuestos, el público está en condiciones
de hacer una apreciación global de la escultura, no lo está, en cambio, para
alcanzar los valores últimos que encarna.
Un tema es un condicionante que se ofrece al escultor,
y del que se desprende un «contenido» (simbólico, psicológico, ideológico).
Las formas que emplee tienen que responder a estas exigencias. Tema, contenido y
forma establecen una secuencia en la concepción y realización de la escultura.
El estudio del tema y su significado, que afecta
naturalmente a todas las artes «figurativas» y por ende a la escultura, ha
dado origen a una nutrida bibliografía. Iconografía e iconología constituyen
las ramas de este saber que, desarrollado sobre todo en el Instituto Warburg de
Londres, a impulsos de Erwin Panofsky, representa una gran aportación al
conocimiento de las artes figurativas.
La iconografía tiene por misión estudiar el
repertorio de figuraciones típicas y sus significados. La historia de los «asuntos»
es fundamental, ya que no se puede llegar al «significado» si primero no se
los identifica. Los temas están muy diversificados, pero se pueden clasificar
en dos grandes grupos: religioso y civil. Todas las religiones han
motivado un gran desarrollo de la escultura, aunque ninguna haya sido tan
fecunda como la cristiana. El Antiguo y el Nuevo Testamento están
colmados de episodios que se han convertido en temas de los artistas. La imagen
puede ser objeto de culto, motivo de adoración, o constituir un elemento
referencial, descriptivo, para favorecer la devoción. Hay imágenes pintadas y
esculpidas, y para estas últimas se ha preferido la representación en busto
completo.
La mitología fue en Grecia y en Roma una religión,
pero a partir de la Edad Media no es más que imagen artística. Los dioses
intervienen en escenas de recreación o también para expresar la idea de poder.
En el campo civil, la escultura ha servido a propósitos que van de los político
a lo recreativo. Roma diseminó esculturas y relieves con la imagen del
gobernante, garantía de eficacia y orgullo del imperio. Fue un arte al servicio
de la política. Con el Renacimiento, la escultura, como manifestación de
poder, se propagó también a calles y jardines. Mientras el retrato ecuestre
dignificaba a las monarquías, las fuentes decorativas de los parques italianos
y franceses incitaban al contemplador a huir hacia lo imaginario.
La iconografía necesita interpretar las actitudes de
un personaje y averiguar el significado de los atributos que ostenta o le rodean
y su manera de exhibirlos (espada, libro, cetro, animales, etc.). Todo esto, lo
mismo que el ropaje, permite identificar al personaje.
El significado simbólico supone ya un aditivo
convencional, que refuerza el valor de la imagen. El arte se convierte en un
medio de comunicación cifrado, del que es preciso conocer la «clave». Éste
es ya el objetivo de la «iconología». Si el iconógrafo identifica, el
iconólgo desentraña. Es un plano más profundo, en el que intervienen
muchos elementos, literarios, políticos, religiosos y hasta imaginativos. Es el
dominio de lo asociativo, ya que es preciso seguir una complicada trama
argumental para obtener resultados convincentes; y para ello el historiador debe
disponer de un gran bagaje cultural. La iconología apunta al significado, es
por tanto un estudio «semántico».
Una escultura de Buda constituye una realidad plástica
muy bien lograda, pero sólo comprenderemos su admirable calma conociendo el
contenido ideológico que encierra. Muchas veces el significado surge del
conjunto, de la asociación que presentan las obras. En una catedral gótica hay
esculturas en jambas y tímpanos de las puertas y en las torres. Hoy sabemos que
han sido distribuidas según un «programa» en el que cada parte tiene su misión.
El hecho de que aparezcan esculturas de reyes en el templo deriva de la condición
de mecenas que tenían. El mecenazgo, de dignidades eclesiásticas y laicas, se
traduce en una invasión escultórica del templo. Y cada catedral posee su
sentido. En la de Amiens menudean los profetas porque se ha conferido a este
templo la misión de anunciar el mensaje. La catedral de Reims, por el
contrario, ofrece muchas esculturas de reyes; no en balde fue escogida por la
realeza francesa como lugar de exaltación de la monarquía. Hay una organización
semántica que vincula las partes del templo. En la catedral románica de
Santiago de Compostela, la portada del norte, la del sur (Platerías)
y la de poniente (Pórtico de la Gloria) configuran una unidad narrativa
y simbólica.
Esta función política y religiosa del arte está
presente en la escultura de todos los tiempos. En San Marcos de León se
exalta la monarquía española, haciéndola arrancar de Hércules, y en la
fachada de la Universidad de Valladolid aparecen las efigies de los reyes
que la protegieron, pero también las estatuas representativas de las
disciplinas que se enseñaban. Las plazas y jardines de Viena ostentan
estatuas de los emperadores y músicos que la llenaron de gloria.
Una total fusión de temas religiosos, mitológicos y
de otra índole se advierte en el Palacio de Versalles, donde se rinde
admiración al rey, se exalta a Francia y se invita al visitante a deleitarse.
Es preciso llevar un libro para reconocer las representaciones y desentrañar
tantos significados. Iconografía e iconología tienen allí un vastísimo campo
de aplicación.
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