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Movimiento y reposo
son polos de la vida y de la imaginación que se reflejan en el arte. La actitud
de reposo en la escultura exige un comportamiento contemplativo por
parte del espectador. El reposo es aliado de lo sobrenatural, es una manera de
imponer la idea de superioridad. La figura permanece fija, imperturbable, como
si estuviera poseída de su dominio. El eco psicológico de esta actitud se
percibe en las relaciones humanas: una persona seria e inmóvil parece
inaccesible.
No resulta extraño, por tanto, que los dioses y
faraones egipcios, las estatuas griegas de Palas, el Crucifijo románico,
sean efigies herméticas, rígidas, distantes, cuya quietud sobrecoge, ya que
con ellas se procura anonadar al espectador. La escultura es aquí un medio para
transmitir un ideal religioso o político. La ausencia de movimiento es un
factor artístico al servicio de un contenido y no implica incapacidad expresiva
para la producción de movimiento. Reverencia, veneración y jerarquía son
inseparables de esta quietud escultórica.
Pero el movimiento se abre paso en la escultura de
muchas maneras y por diversos motivos. Desde el punto de vista religioso, el
movimiento se hace necesario para evocar la fuerza del universo, la energía
vital, el principio de la destrucción, la ley del cambio. Si el dios unas veces
se manifiesta sereno, otras agita sus brazos en ademán de castigo. El
movimiento se justifica por el contenido. Esto mismo puede aplicarse al rey, que
domina con firmeza su imperio y castiga sin piedad. Interesa por tanto
una escultura en movimiento. Pero ¿cómo lograrlo?
El arte puede reflejar la descomposición del
movimiento real en cuanto suma de actitudes fijas. Un procedimiento inverso es
el del cine, con la rápida sucesión de fotogramas que produce la ilusión del
movimiento. De igual manera, la multiplicación de líneas, con arreglo a
un impulso que las proyecta paralelamente, ha servido en las representaciones
ecuestres egipcias para que patas y cabezas produzcan la impresión de un raudo
galope. En el arte prehistórico una cornamenta duplicada indica el movimiento
de la cabeza del animal.
El ritmo ondulado es otra forma para sugerir
movimiento. La superficie rizada, los pliegues en las ropas y en el cabello
sugieren un movimiento que por lo general es puramente estilístico. Si el
reposo exige formas rectas y verticales, el movimiento utiliza lo ondulado. Este
movimiento «rítmico» no tiene más justificación que la variedad, el placer
estético. Otra cosa es cuando se busca el movimiento para efectos «expresivos».
En la estatuaria griega la representación del
movimiento empieza con la ruptura de la ley de frontalidad, que era el firme
aliado del sosiego. El movimiento de la figura rompe la verticalidad. La
descomposición de fuerzas es un hecho verificable en el desplazamiento humano:
cuando una parte se mueve, la otra sostiene; no se puede mover todo a la vez. Es
lo que se ha dado en llamar «contrapposto». Una pierna avanza, la otra
sostiene el cuerpo, y los brazos hacen lo propio mientras la cabeza mira hacia
un lado y se inclina. Lo admirable es la euritmia, la armonía de estos
movimientos que los griegos explotaron estéticamente con tanto acierto.
La posición «inestable», otra forma de
sugerir movimiento, es hallazgo de los manieristas del siglo XVI. Los pies
adheridos al suelo contribuyen a la impresión de quietismo. Levantar la planta
de uno de ellos para indicar movimiento fue un recurso muy usado en el arte clásico.
Pero los manieristas fueron más lejos: representaron al hombre apoyado en un
solo pie, con ritmo de danza. El contraposto apelaba a un equilibrio
natural mientras que la actitud manierista necesita de la acrobacia. Este apoyo
en un punto obliga a un movimiento que habitualmente es de giro. También
pertenece al acervo manierista el movimiento de caída; la figura está
adherida a un soporte, pero los pies no descansan, de suerte que la sensación
de que se escurre es muy marcada.
El estado de reposo no debe confundirse con el de tensión,
ya que en reposo la figura está relajada. Pero puede estar quieta y a la vez
tensa. La energía se acumula con evidencia y el espectador tiene la impresión
de que el movimiento está a punto de desencadenarse. Es lo que se ha denominado
movimiento «en potencia» , adscrito, sobre todo, a la obra de Miguel
Angel. Moisés está quieto sentado, con las tablas de la Ley en la mano,
pero su rostro encendido, las barbas como manojo de serpientes indican que la
tempestad, en forma de ira, va a estallar de un momento a otro, el movimiento se
adivina. Las épocas clásicas han preferido el movimiento en preparación. El
perfil cerrado es la forma adecuada de expresarlo.
Por el contrario, la Grecia helenística y la Europa
barroca han manifestado predilección por el movimiento en acto, aunque
acelerado. La actitud de marcha aparece también en el Renacimiento. El concepto
de movimiento en acto se plica al instante, al episodio fugaz. Se trata
de representar episodios dramáticos, que exigen una concentración de dolor y
esfuerzo, necesariamente transitorios. Ya da idea de ello el Laoconte, la
más masiva concentración de dolor. La historia del retrato ecuestre
ejemplifica todo el proceso: el Marco Aurelio a caballo (ver capítulo
IV), que antes tuvo un vencido a los pies, rezuma movimiento en potencia, en
tanto que es movimiento explícito el Constantino de Bernini,
fulgurantemente sorprendido por la aparición celeste, hasta tal punto que el
caballo hace una corveta, actitud fugaz, que en equitación es un saludo.
Se trata de maneras arquetípicas de representar el
movimiento. Pero nadie lo ha hecho con mayor naturalidad y sencillez que Rodin,
como lo acredita el grupo de los Burgueses de Calais.
En el siglo XX llega a la escultura el movimiento
real, que, a decir verdad, ya había aparecido en el siglo XVI con las moda
de los «autómatas», figuras accionadas por mecanismos de relojería, sin
olvidar las esculturas de los campanarios, que tañen o tocan instrumentos
musicales, y las veletas, como el Giraldillo de la famosa torre sevillana.
Los «móviles» de Calder son esculturas que se mueven
realmente, a impulsos del agua o el aire, a causa de su inestabilidad.
también a propósito del arte moderno se puede hablar
de movimiento en acto y en potencia, aunque se trate de obras que lindan con la
abstracción. Hay esculturas de Brancusi, de acero pavonado y formas aerodinámicas,
que semejan objetos en vuelo a gran velocidad o de Boccioni que aborda la
forma-movimiento.
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