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Por Jaime CAMPMANY
HASTA hoy mismo hacia el mediodía no he logrado encontrar, después de
buscarlo con ahínco, el Quijote ilustrado por Mingote, ese señor tan
normal a quien hasta Don Juan Carlos llama «genio» en el prólogo de
esta edición enorme y delicada. Tengo dicho que lo que le pasa a Mingote
es que no sabe que es Mingote, y va por ahí como si no lo fuera.
Digo que el Quijote está «ilustrado» por Mingote, y tal vez debiera
decir mejor que está «iluminado», porque mirándole al Hidalgo la
figura que Mingote le pone se le comprende más y más pronto que viéndole
retratado en las letras, de tal manera que puede resultar muy perdonable
la exageración de afirmar que Cervantes va ilustrando, página a página,
la figura de don Quijote y las otras que lo acompañan mientras están
siendo iluminadas por Mingote. Que así como Dios pone luz y lumbre
interior en algunas de sus criaturas, de semejante modo, con perdón, pone
Mingote vida visible y casi palpable en las figuras del pasmoso retablo de
don Miguel de Cervantes, padre y maestro mayor de nuestro idioma. Y tengo
para mí que gracias a estos trazos del creador de los dibujos cobran más
sentido algunos personajes en cuya realidad total no habían calado
nuestras entendederas.
Apenas llegados a mi casa los dos grandes tomos de este Quijote, supe que
ya podía llamarla palacio, a pesar de su modestia, porque en ella habían
entrado todas las criaturas vivientes que pueblan las seiscientas
ilustraciones (iluminaciones) que el genio de Antonio Mingote había
parido sobre las sábanas de papel del mejor linaje. Ni que decir tiene
que me apliqué a conocer a don Quijote, a quien antes conocía de oídas,
contado por Cervantes, y ahora conozco de visu, pintado por Mingote, y
tanto y tan a gusto se me quedaban los ojos en el trazo de los dibujos,
que me dio la hora del condumio sin levantarlos del capítulo primero, por
más que gran parte de él lo tenga en la memoria. Y así iba sorbiendo
las letras y recreándome en las figuras, como quien bebe las primeras y
degusta y paladea las segundas.
Ahora, que casi estoy terminando el capítulo de la presentación, antes
de que le echaran a cabalgar por los caminos de la Mancha, ya sé la
medida justa con que el ingenioso hidalgo era de complexión recia, seco
de rostro y enjuto de carnes, y veo cómo las tres propiedades encajan
perfectamente en un retrato prodigioso. Calculo por lo dicho que en esta
enésima lectura del Quijote voy a tardar más que en todas las
anteriores, y que voy a alcanzar más placer que en ninguna de las otras o
que en todas juntas. Mucho temo que me suceda lo que hasta ahora no me había
sucedido, y es que se me pueblen los sueños de personajes del Quijote,
todos ellos en la guisa con que los imagina Mingote, y que termine
departiendo con los nobles y caballerosos, o al revés, arremeta en su
contra a lanzazos o mandobles, si su naturaleza es de malandrines y
hacedores de entuertos. Porque ya los iré conociendo a todos con sus
caras y sus portes.
Bendito sea Dios Padre, que empujó a Mingote hacia esta recreación tan
vieja, tan nueva, tan novísima, tan antigua y tan posmoderna, o sea tan
clásica, del clásico universal. Y además permite que yo lo vea.
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