Menciona D. Luis Astrana Marín en su obra: “La villa de San Clemente en el Quijote”, con muchísimo tino que: “Estar un pueblo en el Quijote, haberse acordado de él Cervantes, bien sea del pueblo mismo, o de algo que encierra en su término, un río, una fuente, un molino, una venta, una ermita, un producto cualquiera de su suelo, no pueden constituir mayor orgullo y ejecutoria.” Y como en tantas ocasiones, al docto maestro cervantista, le asiste la razón de la mano del estudio, del análisis y del profundo conocimiento. Como debe ser, después de dedicar gran parte de su vida a escudriñar en la obra y el autor que en este caso comentamos. Pero ocurre, en los ocasos del presente año de 2004, que desde hace unos meses, todo es logotipo, símbolo, creación y diseño de Quijote, Sancho, Cervantes, Molinos, Mancha… y de ahí, que también todo se trueque en publicaciones, seminarios, guías de turismo, rutas y un sin fin de homenajes, puestos en marcha desde los distintos estamentos sociales: públicos y privados. Y en la estampida por el trasiego, del diverso ganado trashumante correteando la vieja España y sobre todo de esta Castilla-La Mancha nuestra, entre el tranco de ovejos, primalas, carneros, chotas, cabrones y cabritas de todo pelaje y denominación de origen ocurre lo irremediable con respecto a la novela inmortal y universal del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha y a su autor: don Miguel de Cervantes; que no es otra cosa que cada uno arrima el ascua a su sardina y que a la sombra del IV Centenario, un enjambre de huelechotos, bacines y enterados, manejan las pingües subvenciones, llevando al Caballero de la Triste Figura, por donde el ingenio de Cervantes ni borracho, jamás lo hubiera puesto ni de cerca, o bien nombran “Lugar Cervantino” el pueblo del amiguete de turno, alcalde por más señas, a quien corresponde premiar su voto de obediencia al partido político de sus dirigentes, asegurando –contra viento y marea- que en el municipio de Chorra Negra, Don Quijote declamaba versos henchidos de amor por su Venus Manchega (Dulcinea), mientras Sancho, que se había trasegado tres escudillas de alubias con tocino, ventoseaba ruidosamente, musiqueando de fondo las trovas de su amo. Y luego, claro está, pasa lo que pasa cuando el mal consejo de la prisa, la alabanza pasajera, el protagonismo sin estable asiento, la fotografía para la posteridad bajo los fulgores momentáneos o la dádiva conseguida con el escaso mérito de la oportunidad, se hacen realidad y toman cuerpo entre políticos, lamedores, escritores, trepas, periodistas, pesebreros, comentaristas y medradores de turno. Y en eso estamos, que si el mismísimo Cervantes levantara la cabeza sería capaz de escribir otra novela –sin duda insigne también- para descastar y ridiculizar tanto desatino y por ventura de diablo, tanto imbécil volandero por las flores de los diversos campos de la sociedad española actual. Por eso, vienen estas líneas a remediar un desagravio cumplido con Valverde de Júcar (Cuenca), en súplica de habernos despojado de nuestra historia y tradición, pues tal y como más adelante diremos, nuestra villa SÍ “Lugar Cervantino” por derecho y opinión en el ejercicio de las letras del autor del Quijote, y si no, consúltese el Repertorio de Juan Villuga (Valencia, 1645), que bien claro lo dice, en el trayecto que novela Cervantes sobre el viejo Camino Real de Granada a Cuenca, donde vuesas mercedes hallarán Valverde de Júcar y la puente de Talayuelas.
Al tratar del más ilustre de los escritores españoles, toda pluma, según
la expresión de Gil de Zárate, se siente desfallecida; tanto se ha dicho
además acerca de sus obras, tan conocidas son, tan estudiadas están, que en
vano se buscarían nuevos encomios, y no hay para qué extenderse demasiado en
materia sobre la cual nada queda por decir. Pero próximo en el tiempo se
encuentra ya el venidero año de 2005, celebración del IV centenario de la
publicación (Primera Parte) de la más insigne y universal obra de las letras
castellanas: El Quijote; y volverán a surcar sobre viejos cauces, torrentes
de tinta, celebraciones, homenajes, conferencias, lecturas multitudinarias,
biografías de autor, ediciones y reediciones, parafernalias al uso y fuegos
de artificio, mientras -capítulo a capítulo- las
aventuras del Ingenioso Hidalgo, siguen sin ser leídas, comprendidas y
disfrutadas. Todo el mundo conoce a Alonso Quijano y Sancho Panza; pero
tristemente, casi nadie ha leído más allá del comienzo de la obra inmortal
de Cervantes. En consecuencia seremos breves: principiaremos por enunciar
siete preguntas: Don Pedro Esteso Carnicero Historiador y Concejal de cultura del Ayuntamiento de Valverde de Júcar lugar de paso del Ilustre e Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha en su ruta por Tierras de Cuenca |