Plácido Pistón
 Notas Biograficas

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EL POSTISMO MANIFIESTO POSTISTA

 Y todos ansían tener un mundo, y lo tienen; o así lo creen. Los unos, por tontos; los otros, por listos. Lo malo es que muy a menudo lo confunden con la personalidad, y son dos cosas distintas aunque se parezcan, lo primero es un ser ( como un mundo es un ser), porque se puede crear, vive y puede morir y ser muerto; lo segundo es un aspecto, un modo de ser, una prerrogativa de los seres. La personalidad es necesario demostrarla; de lo contrario se llamará únicamente carácter. El mundo propio, puede subsistir sin exteriorizarlo, es cosa íntima. El mundo se mueve en nosotros y nosotros nos movemos en nuestro mundo, y la personalidad es como el periscopio del carácter de nuestro mundo y sale a la superficie con sudor y trabajosamente. Podemos tener un mundo sin necesidad de tener una personalidad; podemos demostrar una personalidad y, sin embargo, no lograr tener un mundo o tenerlo muy pequeñito. Por fin, este mundo puede externarse, enseñarse (y ser comprendido) y condividirse; la personalidad es siempre externada, pero nada más.

 El Postismo preconiza la existencia y el triunfo de estos mundos específicos, individuales o colectivos (Las religiones son la más alta expresión anímica de los mundos colectivos; el arte, la expresión sensorial más pura común a todos los mundos); el Postismo afirma que el subconsciente es quien facilita la materia en bruto de toda creación pura. Y la exégesis de la obra postista se fundará, pues, en este axioma: el subconsciente ha de crear (es el que crea), y el subconsciente ha de entender ( es el que entiende). De lo dicho se puede establecer una definición concreta.

 El Postismo es el resultado de un movimiento profundo y semiconfuso de resortes del subconsciente tocados por nosotros en sincronía directa o indirecta (memoria) con elementos sensoriales del mundo exterior, por cuya función o ejercicio de la imaginación, exaltada automáticamente, pero siempre con alegría, queda captada para proporcionar la sensación de la belleza o la belleza misma, contenida en normas técnicas rígidamente controladas y de índole tal que ninguna clase de prejuicios o miramientos cívicos, históricos o académicos puedan cohibir el impulso imaginativo.

 Los Postistas lanzamos nuestro manifiesto no con insultos, pero si con violencia, sentamos nuestro credo y consignamos nuestras afirmaciones más inmediatas. Empezamos así: todos los poetas postistas nos parecemos necesariamente; los pintores tendremos mayor amplitud de expresión; no escondemos tampoco; es decir, lo declaramos abiertamente ( no, pues, como admisión u homenaje, sino como legitima defensa y demostración de no parentesco), que en poesía pisamos directamente sobre las pálidas cenizas de Lorca y Alberti, pero sin hollarlas y sin empolvarnos y sin empolvarnos; que somos hijos adulterinos y rebeldes de Max Ernst, de Perico de Los Palotes y de Tal y Cual, y de mucho semen que anda por ahí perdido, aunque ya desecado y pulverizado en mónadas ingrávidas, pero levantiscas, que pisamos no sobre, sino el ultraismo (esta vez hollándolo), lo mismo en poesía que en culinaria o balística, que nos sonreimos amablemente del jamás existido futurismo; que defendemos a brazo partido la memoria muy honorable de nuestro tío postizo el cubismo y que tenemos sistema de calefacción en común con el surrealismo; que creemos en eso de que todo delito lleva en sí la esencia de su propio castigo, mientras preferimos ciento volando que pájaro en mano; que estamos convencidos de que no hay tan concreto como lo abstracto; que aseguramos que la imaginación lo es todo, siendo el primer atributo de la divinidad, pues sin ella no se hubiera creado, no bastando ni la sabiduría, ni la voluntad, ni el poder; que entre los hombres la imaginación no tiene más instrumento que la técnica y sin ella no puede fecundarse a sí misma (...este concepto ¬ de filosofía o de no filosofía ¬ es trascendental, y lo bastante profundo como para que casi nadie lo entienda si no se le explica pedantemente, cosa que nosotros haremos o no haremos) ni procrear; que no hay cosas bellas ¬ a no ser las naturales ¬ si no hay dificultad en la creación, y dificultad vencida con elegancia y estilo; que el estilo puede estar en la forma, pero también en la esencia, siendo tan cierto que el estilo es el hombre como que el hombre es el estilo; que la poesía puede ser la materia misma (naturaleza), pensamiento, y también material poético: lo que no podrá ser nunca es sólo forma, que lo romántico, lo débil, lo enfermizo, lo rosa, lo íntimo, lo secreto, lo doloroso, lo espantoso, lo tremendo, lo fuerte, lo sangriento, lo martirizante, lo obsesionante, lo emotivo, lo heroico, lo lascivo, lo amado, lo ambicionado, lo perdido, lo dormido, lo muerto, lo esotérico, lo anímico, lo profético, lo vago, así como el amor mismo, las flores, los crepúsculos, el cielo y las niñas, no son de necesidad material poético; que hay palabras como burro, churro y culo que pueden ser poéticas, entre otras cosas, porque son bellas fonéticamente, así como caca, vaca, nene y nata, que hay oídos terriblemente sensibles que con todo derecho rechazan algunas de ellas (a pesar de figurar con todas sus letras en el Diccionario de la Academia Española); que la poesía lo mismo nace de la idea que del sonido, de la imagen plástica o de la palabra, y que la palabra, manejada sabiamente adquiere valores insospechables, aún no estudiados; que el ritmo es inexcusable en las formas musicales, plásticas y poéticas; que uno de los ejercicios puros en poesía es el metro, con su hermana la rima, pudiendo surgir de su más severa y atinada disciplina (se pone en movimiento todo el mecanismo subconsciente) una fecunda fuente de poesía; que puesto que la poesía está en todo y todo puede tener un mundo, y éste en ella presentan fenómenos y tienen leyes universales, lo que se dice de la palabra vale para cualquier otra materia plástica, y lo que aquí se consigna con respecto al concepto vale para cualquier forma de arte y hasta de creación o invento, pues todo es lo mismo aquello que sea obra (no fabricación o trabajo utilitario); que, como conclusión de lo dicho, el vocablo resulta ser fuerza motora y no tiene únicamente el valor que nos indican en su frialdad el Diccionario y la Gramática, sino aquel que le confiere la situación en la cláusula, por no hablar de aquel otro que nos brinda la palabra con sus raíces ocultas y su poder ascensional (verbigracia: si yo digo: Los ojos brillan, me atengo sencillamente al Diccionario y a la Sintaxis; si digo: Los ojos brillan como ascuas, hallo una similitud libre; si digo: Los ojos lanzan centellas, recurro al lenguaje figurado; si digo: Los ojos de cristales encendidos, cometo un Lorquismo; si digo: ojos triángulos cortados, resulto pobremente ultraísta; si digo: ojos trenes directos ojo ojo ojo, a lo mejor soy dadaísta, y hasta ahora probablemente no he dicho nada; pero si digo: Los ojos lloran, o los ojos de llanto, o sencillamente Los ojos cargados de centauros, o mejor aún la mujer llora trompeta ( o mejor, cosecha) vaca al diablo -- lo cual vale: llora deshecha cara al diablo, ya he dicho algo); que si pasando a la imagen plástica ( pintura o escultura ) nos atemos a la reproducción pedestre de un trozo de lo que tenemos ante los ojos, no haremos sino un pobre facsímil de lo pobremente visto y que, en cambio, poderosamente existe, mientras que si seleccionamos los elementos a nuestro alcance, aunque remoto, o los transformamos dándoles una razón de ser plástica, o cambiamos en ellos características que pueden ser comunes a otros objetos ( tamaño, orden, colocación, color, etc.,etc.) confiriéndoles un poder expresivo colocado fuera del innecesario virtuosismo académico, alcanzaremos las remotas posibilidades de la verdadera composición: La lógica de lo absurdo; que la invención postista puede por medio de la imaginación recorrer un ámbito tan dilatado que va de lo perfectamente normal a la locura; que de lo que más carece el vulgo, además de educación y amor a prójimo, es de imaginación (pues de tenerla los más vivirían desahogadamente y los menos serían poetas de veras); y que, por fin, nosotros traemos un estandarte, un mundo y una técnica para quien quiera seguirnos, o mandarnos, o escucharnos, o insultarnos, o prendernos y colgarnos al palo maestro. [ Sigue...]

 
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