Plácido Pistón
 Notas Biograficas

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POSTISMO Y VANGUARDIA ARTISTICA [b]

Cuando se ha investigado y publicado durante años sobre un tema, como es mi caso con el Postismo, no es fácil añadir nuevos aspectos sin caer en repeticiones, pero también la distancia nos abre nuevos ángulos de visión, y hay un aspecto que cada vez me parece más interesante del movimiento Postista: se trata de la tensión entre innovación y tradición, el compromiso con la modernidad y la deuda a la vez con la historia, lo que implica su posición en el contexto de la vanguardia, y el de esta en el conjunto de la historia literaria.

Creo además que esa tensión entre tradición e innovación puede verse como un rasgo destacado del Postismo, explicable por la época en que surge pero también peculiar, sobre todo si entendemos que la vanguardia ha mantenido como uno de sus ingredientes fundamentales la ruptura con el pasado, con la tradición y con la misma historia literaria.

El Postismo no deja de ser, en efecto, un movimiento revolucionario, de reacción, pero no tanto contra el pasado, que viene ya ocupado en definitiva por las vanguardias históricas, suficientemente desarrolladas y asentadas entonces en la órbita internacional, sino más bien contra el presente artístico y literario de los primeros momentos de posguerra, aquellas líneas de evasionismo clasicista predominantes en la época. Con todas las diferencias que estimemos oportunas viene a cumplir por tanto un papel similar al que tuvo el Dadaísmo frente a la Guerra mundial, en tanto que reacción (mediante el absurdo) al absurdo en este caso de la guerra civil, y consecuencia de ella, lo que significa que no puede juzgarse al Postismo tanto por sus valores intrínsecos como por su razón de ser histórica.

En un orden obviamente distinto también el Postismo coincide con la posición de reacción que supuso la rehumanización ya en Hijos de la Ira , de Dámaso Alonso, o el Grupo "Espadaña", aunque desde planteamientos estéticos distintos. Quiere ello decir que el movimiento optó por una de las opciones entonces existentes (la ruptura vanguardista) motivado por unas razones históricas concretas.

No deja por tanto de ser innovador en el contexto histórico español, y más aún cuando no han existido en España, en las décadas precedentes, movimientos de vanguardia que cumplan los requisitos imprescindibles. Pero podría entenderse también como "tradicional" en cuanto asume, y así lo especifican muy bien los manifiestos, muchos de los principios defendidos por los diversos ismos Europeos del siglo, y que forman parte ya de la "tradición" vanguardista. El Postismo entonces resultaría innovador, incluso frente a la vanguardia, precisamente por todo lo que asume del arte anterior al siglo XX, aunque esos antecedentes pertenezcan funda-mentalmente a esa tradición que se define por la heterodoxia. Este punto es el que hoy más nos interesa: la relación del Postismo con una extensa tradición de juegos formales en la literatura que arrancan desde el periodo helenístico griego y que llega hasta el presente.

Ya desde los primeros textos y documentos del Postismo se afirma la existencia del movimiento desde siempre, por lo que los "nuevos postistas" de la segunda mitad de los años cuarenta no se presentaban entonces sino como redescubridores, bautizadores y exaltadores de aquella estética que contaba con amplios precedentes.

Esta actitud, que no resulta del todo novedosa en la historia de la vanguardia literaria española, cuya agresividad contra el arte anterior no es en términos generales ni tan radical, ni tan predominante como en los movimientos europeos, tiene, sin embargo, en el Postismo unos fundamentos especiales, sobre todo porque éste sí fue un ismo en sentido estricto, con sus manifiestos, revista y estrépito, pero se situaba al final de la etapa de los ismos clásicos, donde ya poco quedaba por agredir, a no ser las plácidas corrientes neoclásicas (como han sido definidas) del momento en que surge.

Cuando a principios de 1975 iniciaba yo mis trabajos de doctorado sobre las vanguardias, a partir precisamente de mi memoria de licenciatura sobre el Postismo, ese fue un aspecto que me pareció destacable y que ya entonces intuía hasta cierto punto extensible en mayor o menor grado a toda la vanguardia literaria y artística, a pesar de los esfuerzos de esta por asentarse, sin embargo, en la ruptura total con el pasado. Por esa razón inicié mi investigación en esa línea, intentando determinar, como introducción a mi trabajo, las raíces del formalismo vanguardista en los periodos precedentes, lo que terminó llevándome al siglo IV a. C. y ocupando el 90% de mi estudio.

Al finalizar este, nueve años después, y recogido hoy en el extenso ensayo Poesía e Imagen (2)nuevo accidentalmente en el tercer manifiesto del Postismo, de 1947.(3)recen detallados muchos de esos elementos en los cuales los modernos descubridores del Postismo veían sus antecedentes:

equívocos, mimetismos, metamorfosis, onomatopeyas naturales, el arte primitivo, la infancia, la improvisación popular, la ornamentación vegetal y geométrica árabe, El Apocalipsis , Rabelais, El Bosco, Durero, Mallarmé, Poe, Kafka, etc.

Todos estos aspectos concretos han ocupado un espacio en nuestro investigación, la cual pone más o menos de manifiesto que, por encima de la valoración de lo que haya supuesto históricamente la vanguardia, sus autores y movimientos, esta no representa en su conjunto, al menos en el plano textual, sino una acumulación nueva y compleja de multitud de artificios considerados durante la historia como extravagancias literarias, juegos de ingenio, artificios formales o manierismos literarios (como los llamó E. Robert Curtius).

Y esto sí me pareció una hipótesis interesante: Vista la vanguardia ya con cierta perspectiva y en su conjunto, nos da la impresión de que no ha hecho sino revitalizar y dar un nuevo sentido, en definitiva, a líneas, fórmulas y conceptos que han existido desde siempre, aunque considerados en la órbita de la heterodoxia, como extravagancias literarias, juegos de ingenio y artificios retóricos marginales, es decir, que el formalismo de la vanguardia guarda una clara relación con las actitudes formalistas de la historia literaria y las fórmulas artificiosas que incluso se recogen en las poéticas y retóricas tradicionales.

La interrelación entre literatura y plástica, por ejemplo, es una aspiración manifiesta desde los griegos hasta Lessing, con fórmulas específicas que van desde el caligrama a la emblemática de los siglos XVI-XVII. Esta aspiración de un arte total tendría en la ópera su mejor testimonio.

Basta incluso realizar un mínimo recorrido por los tratados de poética, desde fines del siglo XVI hasta el siglo XVIII, para ver en ellos recogidos todo tipo juegos de letras, acrósticos, caligramas, poemas en eco, aliteraciones, rupturas tipográficas, etc., que nos ofrecen curiosas síntesis entre poesía y plástica o poesía y música, o las tres a un tiempo, como los caligramas musicales de Isaac del Vado en el siglo XVII.

El desconocimiento sin embargo de esta tradición es hoy bastante amplio, incluso entre los vanguardistas, por lo que no cabe pensar en una influencia directa, pero esto se explica también porque han sido fórmulas consideradas casi siempre desde una óptica negativa. Una mínima revisión de la historia del caligrama evidencia de forma incontestable la importancia de los precedentes, muy por encima incluso de los ejercicios modernos.(4)Los caligramas, por ejemplo, de Jacques Cellier, del siglo XVI, los de Julius Higinus, del siglo X, hechos a partir de la obra astronómica del griego Aratus, o cualquiera de los caligramas árabes o hebreos harían sonreír en la comparación con Apollinaire.

Pero si ahora se trata, como indica el título de esta exposición, de sugerir el contexto en el que podemos situar al movimiento Postista, de lo dicho hasta ahora se deduce una interpretación de la vanguardia bastante amplia y no exactamente coincidente con la ortodoxia de los ismos. Por otra parte, el libro de Jaume Pont(5)e e impide ahora detenernos en esas relaciones del Postismo con los restantes ismos.

Todo esto supone que, sin minusvalorar el papel histórico del Postismo en el conjunto de las vanguardias históricas en nuestro país, intento entenderlo y entender también a la vanguardia en el contexto de la historia del arte a lo largo de los siglos, por lo que implica el nuestro de revitalización de fórmulas existentes desde siempre, aunque en los límites de la heterodoxia literaria. Desde esa óptica y aunque sólo fuera por la similitud de los juegos formales en la literatura, no sería exagerado relacionar la estética de las vanguardias, por ejemplo, con el formalismo del periodo helenístico griego, o su revitalización entre los siglos V al IX en la literatura latina, la tendencia a la complicación y a la oscuridad del "trovar clus" provenzal o el amor por lo enigmático y jeroglífico de afines del siglo XVI.

Como ya señalé, hacia 1975 me interesaban sobre todo los aspectos textuales, las fórmulas concretas de la vanguardia literaria y, sobre todo, en el periodo posterior a la guerra civil, es decir, la llamada "poesía experimental". En ella es más patente aún el valor de la letra por sí misma, la huida de la construcción de un mensaje por encima de la forma, la ruptura con el sintagma y la concepción plástica del poema, hasta el punto de predominar el término "poesía visual", que tiene sin embargo menor importancia en el Postismo, en beneficio de los juegos fónicos, de la musicalidad. Era lógico entonces buscar esos antecedentes a nuestro siglo como prólogo al tema elegido, pero pronto el material desbordaba las previsiones, llegando, como ya decía, al periodo helenístico griego, uno de los momentos históricos en que es más fácil encontrar similitudes con las actitudes de la vanguardia.. Al final, ese "prólogo" terminó ocupando cerca de mil folios, frente a un centenar que dediqué al tema inicial de la vanguardia.

No es momento ahora de discutir la validez de la postura ni la licitud de la relación de la vanguardia con esos tan lejanos antecedentes, que nos llevan a una difícil defensa del concepto de "avanzada" implícito en el término vanguardista, pero tampoco podemos olvidar que los caligramas (Simmias de Rodas, Teócrito, Dosiadas, etc) proceden del siglo IV, y que se han venido desarrollando en todas las épocas, y que el mismo Apollinaire podría sonreír hoy ante la atribución que suele hacérsele en la invención de la fórmula, de la que él conocía sus antecedentes.

En cualquier caso, también es cada vez más evidente en la critica esa concepción de la vanguardia como un impulso más o menos uniforme en la que los ismos no serían sino eslabones de una cadena con un menor número de elementos diferenciales de lo que a menudo dan a entender los manifiestos. Tal vez convendría, en definitiva, analizar lo que aportan los textos teóricos de cada uno de los movimientos a la teoría estética de la vanguardia, independientemente del papel histórico de los diversos ismos, su trascendencia en el contexto en que surgen o la importancia de los textos creativos. Así, el papel de cada uno puede determinarse en esas tres dimensiones y, por ejemplo el Dadaísmo, destacaría como símbolo de radicalismo teórico y ausencia de textos, lo que a su vez es perfectamente coherente con sus posturas.

En el caso concreto del Postismo ya hemos visto que no pretenden establecer una posición extrema novedad y señalan además con cuidadoso detalle (sobre todo en ese tercer manifiesto) sus coincidencias y divergencias programáticas con los más importantes del siglo. El propio nombre elegido Post-ismo, sugiere esa idea de último eslabón, o incluso, lo que va detrás de los ismos, formando parte de ellos, pero inaugurando a la vez algo distinto.

Este detalle me parece fundamental ya que el Postismo concede especial importancia a la técnica, a la elaboración formal: el subconsciente facilita, según ellos, la materia en bruto para la creación, pero es el laboratorio el que la lleva adelante, con normas técnicas rígidamente controladas, lo que le aleja del automatismo psíquico puro y le acerca a la alquimia. Desde cierto punto de vista, la técnica postista, con su formalismo lúdico, tiene entonces bastante que ver con las nuevas corrientes vanguardistas que surgen en Europa en la misma época, incluso más que con las vanguardias precedentes, a pesar de que se le haya considerado como un surrealismo tardío.

En este punto efectivamente los postistas rompían con el más o menos patente desfase cronológico de los movimientos españoles de nuestro siglo con respecto al referente europeo, pues si efectivamente podemos considerarlo un ismo tardío, incluso trasnochado, como lo definió la reacción al movimiento, no es menos cierto que coincide exactamente con el surgimiento de la que suelo denominar como segunda vanguardia, la llamada literatura experimental.

Así el Postismo, que fue enjuiciado en los años cuarenta como un anacrónico intento de revitalizar las primeras vanguardias, hoy es preciso entenderlo como precedente real de la literatura experimental española, en la que destaca como uno de sus principales difusores el también Postista Ángel Crespo y que, a fines de los sesenta, reconocía al movimiento como antecedente inmediato. De hecho el Postismo coincide cronológicamente con el Letrismo francés de Isidore Issou, o el Espacialismo de Pierre Garnier, movimientos iniciadores en Europa de esa literatura experimental que cobraría un impulso especial con el Concretismo.

Desde mi punto de vista el anacronismo en los procesos estéticos españoles de nuestro siglo tiene cierto carácter de constante, con algunas excepciones, pero ello sería una prueba más de las peculiaridad de nuestro país en relación con la modernidad y con el contexto europeo, lo que tal vez pueda explicarse, entre otras razones, por la ausencia de la revolución industrial y de una débil ruptura con el "Ancien Régime". En cualquier caso, al menos en el proceso de las vanguardias pude volver a aplicarse la teoría de los frutos tardíos, a la vez que resulta curioso que en cada uno de los impulsos de la modernidad haya tenido un papel destacado algún autor latinoamericano: Ruben Darío en el Modernismo, Huidobro con el Creacionismo, Neruda con el Surrealismo y Julio Campal con la poesía Experimental.

De todos modos esa la falta de sincronía entre el proceso español y el europeo no debe juzgarse, en mi opinión, desde un punto de vista negativo o positivo. De hecho tampoco España coincide con fenómenos internacionales como las dos guerras, sin que por ello nos quedáramos sin experiencia bélica. En definitiva, el carácter tardío que parece deducirse de nuestras actitudes renovadoras, esa crítica de la modernidad por la que España accede sin embargo al mundo moderno sin compartir sus riesgos(Octavio Paz) a veces nos convierte paradógicamente en precedentes de nuevas posiciones en el contexto europeo.

No podemos negar que los juegos fónicos, las aliteraciones, el ludismo formal, el control racional de lo irracional, etc., de la técnica Postista tiene efectivamente puntos en común con la poesía experimental, desarrollada en España a partir de los años 60 y difundida en los 70, como tampoco es difícil ver las relaciones de este tipo de literatura con muchas de las fórmulas que ya señalábamos de la tradición "heterodoxa" anterior al siglo XX. En este punto al menos el Postismo participa del cosmopolitismo de la vanguardia y del arte moderno, con lo que puede insertarse perfectamente en esa homogeneidad relativa de la última vanguardia internacional.

Pero también es cierto que la técnica postista apunta en su conjunto más a las posibilidades sonoras del lenguaje, al ritmo, a la musicalidad, que a las posibilidades visuales, principal foco de atención del Cubismo y el Futurismo. Y con esto se acerca al modernismo, que llevó a su culminación la retórica musical del romanticismo, mientras la primera vanguardia opta en general por el plano visual. El Postismo, aunque efectivamente se presentó como una estética abierta a las distintas artes, tiene con la música un parentesco especial innegable y en eso sigue la tradición modernista, pero, a la vez, puede relacionarse también con lo que supone la llamada "poesía fonética" dentro de la literatura experimental .

Y pudiera ser una simple coincidencia, pero Eduardo de Ory, padre de uno de los fundadores del Postismo, fue destacado modernista, amigo de Rubén y uno de los tres únicos autores que han hecho una antología de poemas raros, extravagantes y curiosos hasta el periodo de la guerra civil,. siendo además los tres andaluces.

Pero, en general, los modernistas españoles no llegan a los extremos retóricos que se observan entre los latinoamericanos, como tampoco Juan Ramón parece dado a la musicalidad "orquestal" de aquellos, y está más cerca del intimismo sonoro de Bécquer.

La misma aspiración de integración vehemente en la modernidad que se observa en los vanguardistas españoles durante la primera mitad del siglo, a la vez que suelen poner límites a los radicalismos extremos en los diversos planos, sin que llegue a darse por ejemplo un sentido revolucionario en el plano político, religioso o de enfrentamiento con el sistema, no hace sino confirmar esa peculiar tensión entre innovación y tradición que me parece rasgo importante de nuestra historia reciente y que se presenta como elemento diferenciador respecto a Europa. En este sentido Ortega y Gasset, retomando la preocupación europeísta del 98, apostaba ya en 1924 por esta vocación cosmopolita, supranacional, al menos en el campo del arte.

Pero si la crítica suele señalar con rasgos de peculiaridad a la vanguardia española de la primera parte del siglo, y se discute incluso la existencia misma de la vanguardia, salvadas las excepciones individuales que se incluyen de pleno derecho en el vanguardismo europeo, no sucede lo mismo con la segunda vanguardia, la poesía experimental de los años 60-70, que se ha visto perfectamente integrada en ese "asociacionismo internacional" característico de tales líneas. En ella es bastante evidente una concepción de proyecto colectivo que ha fraguado en un buen número de antologías internacionales:

Baste citar entre 1967 y 1977 las de Emmet Williams, An Anthology of concrete poetry (6) Mari Ellen Solt, Concrete poetry: a world view (7)e ya se incluyen once autores españoles, así como la de Klaus Peter Dencker, Text-Bilder. Visuelle Poesie international (8)José María Figueres y Manuel de Seabra, Antología da poesia visual europeia (9)

Desconozco si existe, por ejemplo, en el campo de la poesía discursiva, alguna antología similar a esta última, de ámbito europeo, a pesar de que, al menos en el plano oficial, la existencia de esa Unidad Europea sea indiscutible. Pero la poesía experimental española sí se difunde en obras colectivas internacionales, e incluso se han publicado algunas antologías específicas de nuestra producción fuera de España, a pesar de que, de nuevo, el desconocimiento sobre este tipo de obras sea bastante general, también entre especialistas en literatura.(10)

Existen por tanto contactos entre los poetas experimentales españoles y los de otras latitudes, participan en exposiciones, son incluidos y estudiados en revistas especializadas, aunque lógicamente estas líneas no tengan en todos los países una acogida uniforme.

Sin embargo la internacionalización del arte, bastante evidente en la vanguardia, no es en esencia distinta de la que se produce en otros ámbitos de la cultura, las modas, las costumbres y formas de vida, algo que se explica por la importancia y el poder de los medios de comunicación y la permeabilidad de las culturas en nuestro siglo.

De todos modos, las claves del cosmopolitismo del Arte de nuestro tiempo pueden explicarse también por razones estéticas, ya que tiene su fundamento en el propio proceso de las ideas estéticas de la modernidad. Este proceso, que arranca en síntesis de la ruptura del concepto de arte-imitación y el establecimiento del principio de libertad creadora ya en el Romanticismo alemán, terminó llevándonos a un nuevo concepto de originalidad y a un sentido de la creación como investigación formal, como alquimia de los lenguajes: Poe, Baudelaire, Mallarmé, etc.

El principio del arte por el arte y la idea de que la esencia del mismo ya no reside en su valor como vehículo de los mensajes informativos, de las ideas, sino que se asienta en la investigación de los elementos formales, colores, sonidos, manchas en el plano, textura de materiales, movimiento, o la palabra como conjunción de grafismos o sonidos, nos lleva a la desintegración de las barreras interartísticas, a la creación de un arte total que sobrepasa las fronteras geográficas e idiomáticas.

La despersonalización de Baudelaire, su rechazo al yo-real en beneficio del yo-poeta, del yo-artista, o la deshumanización de Ortega, son claros síntomas de ese nuevo concepto de autor, de esa eliminación de la peculiaridad personal o local, en beneficio de un sentido de creación colectiva, es decir, el mejor síntoma de esa aspiración cosmopolita. De hecho, como el alquimista o el cabalista, el poeta se siente un miembro más de esa cadena en la investigación alquímica de los lenguajes, y el texto no es sino un paso en el proceso de investigación, sin otro valor que el de síntoma de ese proceso. La primacía del yo-artista sobre el yo real, y la concepción del arte como experimento, han establecido así ese nuevo sentido por el que se implanta la "poiesis" colectiva, lo que en la vanguardia experimental se traduce con el concepto de autor como "operador", como transformador de la materia y un miembro más en la cadena de autores que investigan en la misma línea. El texto por tanto no tiene ya valor como obra hecha, a pesar de que pueda ser objeto de mercado; es, en definitiva, un paso que se deja atrás en el proceso de experimentación(11)

No es extraño que Octavio Paz, entre otros, hayan insistido en ese rasgo que distingue, por ejemplo a Valle Inclán o a Borges como autores modernos, supranacionales, frente a Antonio Machado, representante aún de una conciencia y una problemática nacional -sin que esto se entienda en un sentido peyorativo-, del mismo modo que tampoco hoy parece lógico entender al Dadaísmo como un movimiento suizo o al surrealismo como francés.

Pero el tema tiene para nosotros especial interés si lo enfocamos desde el ámbito español, ya que este internacionalismo, que parece indudable desde los primeros movimientos de vanguardia europeos, de los que procede en definitiva la vanguardia experimental, no se corresponde con los otros niveles de la creación literaria más habitual.

De nuevo es preciso acudir en este punto a la peculiaridad española en el contexto europeo y occidental, pues si el Postismo supone una excepción en los años 40, la literatura española de esa y la siguiente década tampoco coinciden con las líneas predominantes en Europa, como podemos ver muy bien en el predominio de las orientaciones realistas en la novela o el teatro principalmente.

Si la modernidad procede, en definitiva, de la revolución industrial y la crisis europea de fin de siglo, esa tensión entre tradición y modernidad no llega en realidad a establecerse en nuestro país como dicotomía hasta la guerra civil, por lo que no parece extraño que las vanguardias anteriores desde inicios del siglo tengan tan sólo un eco tímido y en ámbitos reducidos.

Baste contemplar esto en el género dramático, con la pervivencia del drama realista burgués representado por Benavente, que ocupa casi en solitario la escena de las primeras décadas a pesar de los intentos frustrados de transformación por parte los autores de la generación del 98, y sin un eco siquiera de los profundos cambios que experimenta el teatro europeo. Sólo con la generación del 27 puede hablarse de un cambio que vendría a detener la guerra civil.

La relativa negación de la primera vanguardia en España no excluye sin embargo la importancia decisiva de algunos vanguardistas españoles, pero estos pertenecen más bien a la órbita de la vanguardia europea -Picasso, Dalí, Gómez de la Serna, Arrabal- o tienen aún hoy un reducido eco en el sector editorial y en los estudios: Larrea, Guillermo de Torre, Josep Maria Junoy, Salvat-Pappasseit, Hinojosa, etc.

La misma experiencia del Postismo, tras la guerra civil, cuya importancia parece hoy difícil de discutir, ha necesitado más de 25 años siquiera para su estudio.

Tal vez por esta razón, cuando hacia la década de los sesenta se inicia en España la llamada literatura experimental, se sitúa esta en un plano de total disociación con la realidad literaria del momento y con una clara vocación internacional, lo que explica que se haya dado a conocer antes y más profundamente fuera de nuestras fronteras(12)que aún hoy pueda considerarse un tema de interés para los especialistas.

Resulta evidente que el proceso de la literatura española tras la guerra civil no concuerda con las líneas desarrolladas en occidente. Si el neorrealismo había tenido lugar entre los años 20 y 30 en Italia (Bernari, Vitorini, Levi, etc), en Francia, en la novela norteamericana, o brasileña como reflejo de las nuevas concepciones políticas y sociales, en España esto sucede a fines de los cuarenta, con la generación de medio siglo, precisamente cuando se impone en Europa la estética del “nouveau roman” y la llamada antinovela. El más joven de los narradores franceses de esa estética, Michel Buttor, nace así el mismo año que Ana María Matute (1926) y lo que para nosotros significaba renovación, podía entenderse como un anacronismo desde una perspectiva europea. Los textos teóricos de Robbe-Grillet sintetizando las bases de la nueva novela salen en 1955, el año en que en España se publica El Jarama.. No es extraño, por tanto, que en los encuentros internacionales sobre novela en los años 60, la postura de los españoles discrepara en conjunto con las restantes posiciones, especialmente de los franceses.

Del mismo modo, cuando la generación de la transición, del lenguaje, del 68, o de los “novísimos” reacciona contra el realismo y proponen la vuelta al arte por el arte, al lenguaje o a la subjetividad (Natalie Sarraute o A. Robbe-Grillet defendieron el subjetivismo total) no hacen sino coincidir con argumentos y teorías del nouveau roman, por lo que la revolución contra el realismo volvía a ser anacrónica.

En esto considero necesario hacer dos puntualizaciones. La agresividad de mi generación, que prefiero llamar de la transición, contra los planteamientos realistas de la de medio siglo, fue más producto de la rebeldía que del conocimiento, pues la evolución hacia la nueva novela la llevó a cabo realmente la generación anterior, ya desde Tiempo de silencio o la obra de Benet, Goytisolo, Caballero Bonald, entre otros.

En cualquier caso, lo que me parece más significativo del Postismo en su conjunto, no es la obra que deja como grupo para la historia, sino la actitud crítica que la provoca, el deseo de revisión sin límites del papel del arte en la historia, una extensa meditación sobre su verdadero sentido en el mundo moderno.

El concepto de juego, la conciencia de que la verdadera comunicación no es posible, el sentido del arte como operación artificial, como alquimia formal, como investigación sobre sí mismo, tal vez sea producto del pesimismo de la modernidad ante las posibilidades reales del arte para cambiar el mundo. Esto podría explicar el silencio de Rimbaud o el silencio de significación referencial de la vanguardia en su conjunto.

En el fondo tal vez la meta de la vanguardia siga siendo la misma del Dadaísmo, la sustitución del arte por la vida, lo que supone en definitiva un nuevo humanismo.

 

El término vanguardia hoy es utilizado como adjetivo para añadir un valor plus a casi cualquier objeto de consumo. Así, se dice que tal procedimiento o tal producto es “de vanguardia”. Un cartel gigante de una gomería de la calle Juan B. Justo ofrece “neumáticos de vanguardia”; y hasta parece que ésta ya tiene su propio desodorante: "Avant Garde", de Rexona. El actor Alfredo Casero, en su programa "Cha Cha Cha", hace burla de la banalización de la palabra cuando un locutor en off con cierta estridencia proclama: “Peinados Pili, a la avant garde de la moda”.

   ¿Qué es lo que define a la vanguardia estética? Pareciera que a esta palabra le ha sucedido lo mismo que a las obras y acciones englobadas bajo el mismo concepto.
Ha sido resemantizada como valor positivo atribuible a una mercancía. Ubicada en la cima de la escalada interminable por estar al último grito de la moda, la palabra vanguardia se readapta a los circuitos de mercado, y así reaparece limpia de su contenido caústico y su repulsión hacia la clase media, el mercado y los circuitos del arte tradicionales, que originariamente encarnaron los movimientos estéticos de principios del siglo XX.

Un fenómeno tan paradójico como recurrente: lo que antes provocaba escándalo ahora es aplaudido. Una lista interminable de ejemplos han sido citados para corroborar la retórica de opacación y neutralización tan particular que ha signado la suerte de las producciones de vanguardia a lo largo del siglo; y de la que los llamados movimientos de neovanguardia de posguerra han tenido que dar cuenta directa, generando alternativas de oposición a esta dinámica.

Ejemplos eficaces como el que describen Longoni y Santoni en su libro De los poetas malditos al video clip, en el cual contraponen dos escenas, una sucedida en el París de 1920 y la otra en Londres de 1997, sirven para ilustrar las complejas variaciones a las que se ven sometidas las manifestaciones que hacen llamarse "de vanguardia".
La primera es una postal de los años ´20 de un espectáculo - provocación dadaísta en donde un público de señoras y señores elegantes aguarda en un sótano obscuro a Charles Chaplin, sin sospechar que la convocatoria es una farsa organizada por los dadaístas hasta que estos últimos comienzan a ametrallar a la pulcra multitud con huevos y monedas de cobre.
El evento finaliza en un escándalo con intervención de la policía. La segunda imagen describe al grupo argentino De la guarda en una presentación en el London International Festival of Theatre (LIFT), uno de los festivales teatrales más importantes del mundo. Durante el espectáculo se arrojan objetos al público, el cual termina empapado por una lluvia artificial. Es un éxito. La crítica lo califica como lo mejor del teatro actual.
Y lo más notable es que los mismos artistas se encargan de aclarar a un diario inglés: “No somos provocadores, no queremos atemorizar a la gente”.

En razón de la variabilidad semántica que encarna el término vanguardia y las manifestaciones que engloba, habría que pensar una línea demarcativa que estableciera la validez de la palabra.
Si se privilegia una perspectiva sociológica de las vanguardias, en detrimento de los enfoques esteticistas, como en este artículo, resulta evidente que el concepto de vanguardia no puede descansar en un conjunto de procedimientos o rasgos de estilo característicos de las producciones estéticas, porque como se vio en el ejemplo, éstos son el aspecto que más facilmente es asimilado al establishment cultural.

Para restituir el sentido reactivo de la palabra vanguardia, habría que definirla a partir de los efectos y los modos de intervención que provoca y propone en el medio cultural en el que se inscribe. Esto supone elaborar un concepto estrechamente vinculado con el contexto histórico, en donde las técnicas y rasgos de estilo de los movimientos de vanguardia se llamen así en tanto provoquen quiebres en el campo estético o sean expresiones anticipadas de una determinada sensibilidad.

Las distintas versiones de los historiadores, críticos y teóricos del arte y la literatura sobre la noción de vanguardia en el ámbito artístico pueden englobarse en dos modelos generales. El primero entiende a la vanguardia como una serie de fenómenos de ruptura con la tradición, el pasado y la función del arte en la sociedad burguesa. El segundo, coloca el acento en la temporalidad, tomando a las expresiones de vanguardia como avanzadas sobre la sensibilidad de la época.
Como exponentes teóricos del primer modelo se pueden citar a Peter Bürger, Raymond Williams, Octavio Paz y Eduardo Subirats, con sus respectivas diferencias; como representante del segundo se encuentra José Giménez Frontín.

La noción de vanguardia como avanzada es deudora de la vieja metáfora militar de “avanzada de un ejército”. A comienzos del siglo XIX, el teórico de la guerra Von Clausewitz definió a la vanguardia en su tratado Vom Kriege como una fuerza de choque, que se coloca en primera fila para vigilar y atacar por sorpresa y cuya tarea primordial consiste en la destrucción instantánea del enemigo.
En el plano estético, la metáfora militar se utiliza para designar a un conjunto de obras que, en tanto anticipan una determinada sensibilidad no objetivamente esclarecida en su época, sólo llegarán a entenderse e imponerse en el futuro. Esta noción resulta facilmente aplicable a la obras pertenecientes al momento preliminar de la vanguardia, como los escritos de Baudelaire, de los poetas malditos y al Impresionismo.

Al mismo tiempo, la impronta de avance de la vanguardia artística, su voluntad de cambio concretada en un salto brusco hacia el futuro, representa un punto en común con la vanguardia política. Karl Marx, en El 18 Brumario de Luis Bonaparte endilga el fracaso de la revolución proletaria de 1848, entre otras cosas, a la reticencia y falta de audacia de los revolucionarios franceses. “La revolución de 1848 –escribe Marx en 1852- tomó desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad y el pueblo proclamó este afortunado golpe de mano inesperado como una hazaña de importancia universal con la que se abría la nueva época”.

Una idea similar resonará cien años más adelante como parte de una teoría estética. Theodor W. Adorno establecía que la crítica radical es una de las condiciones de la obra de arte: "lo moderno no es caduco por avanzar demasiado, como suele afirmar la fraseología cliché, sino, al contrario, por no haber ido demasiado adelante, porque sus obras vacilan faltas de consecuencia. Sólo obras que alguna vez corrieron riesgo tienen la posibilidad de sobrevivir, en cuanto esa posibilidad aún existe, pero no aquellas otras que, angustiadas ante lo efímero, se pierden en el pasado. Los renacimientos llevados a cabo por una modernidad moderada, propios de la conciencia de restauración y de sus clientes, fracasan aún ante los ojos de un público que ni siquiera es vanguardista".

Por otro lado, la noción de vanguardia como ruptura, contempla a las intervenciones que implican un quiebre, una rebelión contra las formas artísticas dominantes, las instituciones, las tradiciones y el gusto hegemónico. Peter Bürger considera que los movimientos de vanguardia "no se limitan a rechazar un determinado procedimiento artístico, sino el arte de su época en su totalidad, y por lo tanto, verifican una ruptura con la tradición. Sus manifestaciones extremas se dirigen contra la institución arte, tal y como se ha formado en el seno de la sociedad burguesa".

Esta noción enfatiza el efecto de shock que los dadaístas y surrealistas provocaban adrede en el público o el escándalo que suscitaron las primeras exposiciones cubistas. Pero lo fundamental es que la idea de vanguardia como ruptura se extiende al modo en que es concebido el arte oficial, con sus instituciones dadoras de prestigio, sus museos, sus críticos, sus artistas consagrados y su mercado. Ruptura con la función que la sociedad burguesa le asigna al arte. Esto es: destrucción de la doctrina del arte por el arte que hace de éste un mero artefacto decorativo; y, en lugar de ello, colocar el arte al servicio del hombre, de la construcción de un nuevo orden emancipador. En pocas palabras, reinscribir el arte en la vida de los hombres.

Las nociones de vanguardia como ruptura y como avanzada conllevan diferentes implicancias teóricas a la hora de analizar los distintos movimientos de experimentación.

En primer lugar, el concepto de vanguardia como avanzada supone el carácter estable de los rasgos estilísticos y técnicas de las producciones artísticas, ya que a través de ellos se expresaría la nueva sensibilidad. En este concepto se engloban a los artistas que mantienen una misma estética a lo largo de toda su obra, con variaciones mínimas. Pero, como hemos visto, la estabilidad estética de las obras facilitaría que estas se vieran implacablemente sometidas a la absorción institucional.

En contraposición, la idea de vanguardia como ruptura permite explicar la variación estilística constante que realizan algunos artistas experimentales o la condición efímera que asumen ciertos movimientos en su dinámica por escapar de la opacidad.

Considerar a la vanguardia como avanzada significa tomarla como un concepto estático, en tanto se basa en la nueva sensibilidad que subyace en el contenido estético de las obras. En cambio, la vanguardia entendida como un concepto de choque y ruptura, al tiempo que queda librada a la ilimitada radicalización –puede avanzar y siempre avanzar a través del cambio en sus procedimientos estilísticos-, permite otorgarle un carácter modal, gestual, en tanto los movimientos vanguardistas verifican y constituyen su eficacia en el efecto que producen y no en la imposición de contenidos estéticos determinados.

Por otra parte, el concepto de vanguardia como avanzada implica una visión hegeliana de la historia; así, la creatividad estética presupone necesariamente un progreso lineal y definitivo. La dirección de los cambios asumiría un sentido unívoco, se expresaría en una única estética cifrada en el progreso lineal de la historia del arte. En este camino, Adorno restringía la efectividad política a únicamente un arte que fuera capaz de abandonar el realismo y que se constituyera como desestabilizador de la forma. Hacia fines de los sesenta, el teórico expresaba lo que parecía ser la devaluación definitiva del arte realista: "El hecho de que pinturas radicalmente abstractas puedan colgarse sin escándalos en sitios oficiales no justifica la reinstauración de la pintura realista, que es una pintura confortable a priori, aun cuando para propósito de reconciliación con el objeto se escoja a Che Guevara".

Por el contrario, al tomar la idea de vanguardia bajo el enfoque de sus efectos de ruptura, se visualiza a la historia como un escenario de dispersión, una multiplicidad de respuestas estéticas que dialogan entre sí. Esta idea posibilitaría una concepción más democrática que contempla la pluralidad de las manifestaciones estéticas.

Bibliografía para éste texto, no incluido en la obra Gráfica sobre el postismo en España

Adorno, Theodor W.; Teoría Estética, Taurus, Madrid, 1986.

Bürger, Peter; Teoría de la vanguardia, Buenos Aires, Ediciones Península, 1987.

Longoni, Ana; Santoni, Ricardo; De los poetas malditos al videoclip, Buenos Aires, Cántaro, 1998.

Von Clausewitz; Vom Kriege, Bonn, 1966.

Marx, Karl; El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, Ed. Ariel, 1971. Publicado por primera vez en Die Revolution, New York, 1852.

María Cecilia Guerra Lage apuntes Sobre La vanguardia estética

 

 
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